1.6.12

Historia de una niña vendedora de limonada


Casi todos los niños se ponen muy contentos cuando llega la época de vacaciones. Para empezar, no tienen que ir a la escuela. Y se van con sus padres al mar o a la montaña, así que es fácil entender por qué esperan el verano tan ansiosa mente.
     María, en cambio, era distinta. No le gustaban las vacaciones porque no tenía nada que hacer, salvo dar vueltas por la casa y mirar televisión. A ella le gustaba la escuela y las vacaciones de verano le parecían demasiado largas.
     Su familia no tenía dinero para salir de vacaciones porque su papá había perdido el empleo y no podía trabajar a causa de un accidente de trabajo. Su mamá se ganaba la vida limpiando casas y tenía que trabajar todo el año o no habrían tenido con qué comer. El papá de María decía que no debían quejarse de su suerte porque había otra gente que estaba mucho peor que ellos, y que debían tener fe en Dios. María tenía fe en Dios y siempre rezaba sus oraciones a la noche, pero lo mismo no quería que llegara el verano.
     Sus compañeros de grado ya habían empezado a hablar sobre lo que harían durante las vacaciones. Algunos se iban a ir a Córdoba, otros a Mar del Plata, Y otros por lo menos irían a colonias de vacaciones todos los días. María escuchaba y no decía nada.
     Un día, durante el recreo, Mónica le preguntó: "¿Adónde te vas de vacaciones, María?" Mónica sabía que María no se iba a ningún lado, pero quería avergonzarla delante de los otros compañeros porque María era mejor alumna que ella y siempre se sacaba notas más altas.
     - No voy a ninguna parte - contestó María.
     - ¿Por qué no? - le preguntó Mónica y las otras niñas la miraron con curiosidad.
     María sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
     - ¿Y a vos, qué te importa? - dijo y se fue corriendo al aula.
     La maestra estaba escribiendo algo en el pizarrón cuando María entró y se sentó en su banco. María sacó un libro de su mochila y simuló leer.
     - Todavía quedan diez minutos de recreo, María - dijo la maestra.
     María no respondió.
     La maestra se dio vuelta y la miró, y pensó: "Algo le está pasando últimamente a María. Tengo que averiguar qué es." Pero ella también tenía sus propios problemas y sus planes de vacaciones, así que se olvidó de María.
     El miércoles de la primera semana de vacaciones, sonó el timbre bien temprano en casa de María. El papá estaba tomando mate y leyendo el diario. María estaba lavando unos platos. Cuando fue a abrir la puerta, se sorprendió al ver que era Marcos, un niño que estaba un grado más arriba que ella en la escuela. Marcos se quedó parado en el umbral, con las manos en los bolsillos, sin decir nada. María tampoco sabía qué decir, así que se quedaron los dos ahí parados.
     - ¿Quién es? - preguntó desde adentro el padre de María.
     - Marcos, de la escuela - contestó María.
     - Bueno, invitalo a pasar.
     Marcos entró y se quedó parado en la cocina mirando el piso. El papá de María le preguntó si quería tomar algo y él le dijo que no. Era obvio que se sentía incómodo. No era común que un niño de la edad de Marcos (tenía once años) jugara con nenas. Estaba todavía en la edad en que los niños y las niñas jugaban separados, y cualquier niño que tuviera algo que ver con una niña corría el riesgo de ser centro de las bromas de sus amigos. Pero Marcos decidió que ya que había llegado tan lejos, iría hasta el final.
     - Te oí decir durante el recreo un día que no te ibas de vacaciones - le dijo a María casi sin mirarla.
     María asintió con la cabeza.
     - Bueno, sabés, yo pensé, bueno, yo tampoco me voy de vacaciones, así que pensé que podríamos--
     - ¡Pero qué buena idea! - exclamó el papá de María.- Ustedes dos que se han quedado en casa pueden hacerse compañía. ¿Es eso lo que querías decir, Marcos?
     - Sí - respondió Marcos poniéndose colorado.
     - ¿Qué te parece, María? - preguntó el padre.
     María también se puso colorada.
     - Sí, también me parece una buena idea - dijo.
     - Perfecto. Vayan los dos al living y hablen sobre lo que van a hacer juntos. Y, María, no te preocupes por mí, mientras tenga mi mate y mi diario, yo estoy bien.
     Los niños fueron al living y se sentaron uno frente al otro en el suelo.
     - ¿Qué te parece que podríamos hacer, Marcos? - preguntó María.
     - No sé. ¿Sabés jugar al ajedrez?
     - No, pero me gustaría aprender.
     - Bueno, eso es algo que podemos hacer. Yo te enseño. Casi nadie en la escuela sabe jugar. ¿Sabías que en Rusia es una materia en las escuelas, como matemáticas o historia?
     - Por eso será, entonces, que los rusos son tan buenos jugadores.
     - Sí, pero ¿no oíste hablar de Bobby Fischer?
     - El nombre me suena - dijo María, y era cierto.
     - Bueno, él es norteamericano, y jugaba mejor que todos los rusos juntos, y nunca había aprendido a jugar en la escuela.
     María no supo que responder a eso y se hizo un silencio durante algunos segundos.
     - ¿No tienes un juego de ajedrez, por casualidad? - preguntó Marcos.
     - No.
     - Mañana traigo el mío.
-Tal vez podríamos ir al cine - dijo María luego de otra pausa.
-Eso cuesta plata - respondió Marcos. - ¿Tu lo tienes?
     - No - dijo María, arrepentida de haber hecho la sugerencia.
     - Yo tampoco, así que eso queda descartado.
     - Tal vez podríamos ganar algo de dinero - se le ocurrió a María.
     - ¿Cómo?
     - No sé, vendiendo algo.
     - Pero--
     Antes de que Marcos pudiera pinchar la idea, María empezó a contar que una vez había visto una película vieja por televisión en la que unos chicos vendían limonada en la calle y ganaban suficiente dinero como para ir al cine.
     - ¿Tu sabes hacer limonada? - le preguntó Marcos.
     - Claro, - respondió María - es agua mezclada con jugo de limón y azúcar.
     - Bueno, - dijo Marcos, dudando un poco - podríamos probar.
     Al día siguiente, un sábado, estaban los dos frente a la casa de María, pintando un cartel sobre un pedazo de cartón. Las letras decían:
Limonada helada - 10 centavos.


Cuando terminaron pegaron el cartel con chinches en el frente de un viejo cajón de madera que iban a usar como mostrador. Sobre el cajón pusieron un fuentón que les había prestado la mamá de María, lleno de limonada casera en la que flotaban grandes trozos de hielo. Luego se sentaron detrás del mostrador a esperar a los clientes. Esperaron y esperaron, pero no apareció ninguno.
     - El problema es que nadie pasa por aquí - dijo Marcos - Tal vez tendríamos que ponernos en otro lugar.
     - Sí, pero ¿dónde?, y ¿cómo? - preguntó María - Este fuentón es muy pesado.
     - Espérame aquí, ya vuelvo - dijo Marcos y salió corriendo en dirección a su casa. Unos minutos más tarde regresaba arrastrando un carrito vacío. María no le preguntó de dónde lo había sacado, así que no tuvo que contarle que él y su papá lo habían usado para recoger papeles y botellas de las pilas de basura hasta que su papá consiguió trabajo en una panadería.
     Cargaron el fuentón con limonada y el cajón con el cartel en el carrito y lo empujaron calle abajo. El sol parecía una pelota anaranjada en el cielo azul sin nubes. Hacía mucho calor y los niños sabían que la gente debía tener sed y que la gente sedienta iba a querer beber su limonada - si es que la podían encontrar.
     Llegaron, así, al orfanato, donde un grupo de niños estaba jugando a la pelota detrás de una verja de hierro.
     - Marcos, - dijo María - ahí están nuestros primeros clientes.
     - ¿Quiénes, los huérfanos?
     - Sí.
     - Pero ellos no tienen plata.
     - Ya sé, pero les va a gustar mucho y siempre podemos hacer más.
     Antes de que Marcos pudiera protestar, algunos niños ya se les habían acercado corriendo y los miraban atentamente desde el otro lado del portón del orfanato.
     - ¿Quieren limonada? - les preguntó María.
     Una niñita pequeña que se chupaba el dedo dijo que sí con la cabeza. María le sirvió un vaso y se lo pasó a través del portón. Cuando hubo terminado, María volvió a llenar el vaso y se lo alcanzó a un pequeñito al que le chorreaba la nariz. Al ratito se había formado una larga cola del otro lado del portón y una maestra salió corriendo a ver que sucedía. La maestra se quedó un rato mirándolos y luego les dijo: "¿Saben que no pueden pagarles, no?"
     - No importa - respondió Marcos. Las caras felices de los niños lo habían hecho olvidarse del dinero.
     Cuando todos los niños terminaron de tomar la limonada, la maestra pidió un poco también. María le pasó un vaso con lo que quedaba. La maestra le dio diez centavos, bebió la limonada, y dijo: "Ahora no les queda nada, ¿qué van a hacer?
     - Preparar más - le respondió María.
     - Hay un partido de fútbol en la plaza dentro de un rato - dijo la maestra. - Tal vez podrían venderla allí.
     - Esa es una buena idea, - dijo Marcos - muchas gracias.
     - ¡Gracias a ustedes! - respondió la maestra - Ah, y les recomiendo que se consigan algunos vasos de plástico. A alguna gente puede ser que no le guste tomar del mismo vaso que los demás.
     - ¡Ah, no habíamos pensado en eso!- dijo María - Pero, ¿dónde vamos a conseguirlas? No tenemos plata.
     - Espérenme un minuto - dijo la maestra y dando media vuelta entró al edificio. A los pocos minutos estaba de vuelta con seis vasos de plástico que entregó a Marcos a través del portón.
     - Esto es un regalo. Ustedes nos hicieron un hermoso regalo a nosotros, así que nosotros también queremos darles algo.

     María y Marcos corrieron a casa, volvieron a llenar el fuentón con agua, recogieron limones del árbol y los exprimieron para agregar el jugo al agua. Buscaron otro fuentón más chico en el cual lavar los vasos usados y, ya listos, empujaron su carrito hasta la plaza, donde el partido ya había comenzado. Había unos veinte o treinta espectadores.
            Los niños ubicaron su puesto de limonada cerca de la mitad de la cancha y se pusieron a esperar.
            Pero no por mucho tiempo. Su primer cliente, el árbitro, les pidió un vaso de limonada y les dijo que les pagaría después. Se tomó el vaso de un trago y volvió corriendo a la cancha. Todos lo vieron y algunos espectadores se acercaron por curiosidad. Todos compraron limonada y algunos les pagaron veinte centavos, otros, veinticinco, y uno hasta les dio cincuenta centavos y les dijo, con una sonrisa, que se guardaran el vuelto.
     Cuando llegó el medio tiempo, los jugadores formaron una fila frente al puesto y se bebieron toda la limonada. María y Marcos empezaron a irse con su carrito y un niño pequeño, que tenía una moneda de diez centavos apretada en la mano, les preguntó si iban a volver. María le dijo que sí, que volverían.
     Cuando regresaron, una hora más tarde, el partido había terminado y el único cliente que quedaba era el mismo niño, que los esperaba sentado debajo de un jacarandá.
     - Me dijeron que ustedes no iban a volver, pero yo sabía que sí - les dijo.
     María sirvió un vaso de limonada y se lo dio al pequeño. Marcos estaba a punto de decirle que la limonada era gratis, pero vio que el niño quería pagar, así que le recibió los diez centavos. Luego le preguntó si quería ayudarlos a vender limonada al día siguiente, y el niño dijo que sí. Sólo tenía ocho años, pero podía ayudar, dijo. Se llamaba Nahuel.
     Ese verano los tres niños - María, Marcos y Nahuel - vendieron limonada todos los días. Es decir, a veces la vendían y a veces la regalaban. Siempre pasaban por el orfanato y les daban a los niños limonada gratis.
     No tardaron mucho en darse cuenta de que el precio de diez centavos no era exacto. Cierto, algunos les pagaban los diez centavos, pero la mayoría les daba más o no les daba nada. Marcos calculó que de todas maneras igual juntaban un promedio de diez centavos por vaso. Así que tacharon las palabras diez centavos en el cartel y, cuando la gente les preguntaba cuánto costaba la limonada, le respondían que costaba lo que el cliente quisiera pagar. Y de esta forma hicieron más dinero que cuando cobraban diez centavos.
     Marcos nunca tuvo tiempo para enseñarle a jugar al ajedrez a María y, al cine, fueron solamente una vez - los tres juntos, a verShreck II, que les gustó mucho a los tres.
     Cuando comenzaron de nuevo las clases, todos los niños tuvieron que contar lo que habían hecho en las vacaciones. Algunos habían ido a la montaña, otros al mar, uno hasta había ido a Disney World en los Estados Unidos. Pero los relatos más interesantes fueron lo de los vendedores de limonada. Sus maestras les pusieron las mejores notas y sus compañeros los escucharon boquiabiertos.
     María no ve las horas de que lleguen las próximas vacaciones.

© Frank Thomas Smith

1 comentario:

  1. la historia esta muy buena como para hacer un libro para chicos!!

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