30.8.12

Cómo puedes controlar las groserías en los niños?



Los padres nunca se van a escapar de la etapa de groserías y patanerías de los niños, tan normal en sus ciclos de formación. Sin embargo, usted tiene la obligación de ejercer un control, con el fin de evitar consecuencias mayores.
El desafío y la oposición son las primeras conductas de desarrollo social que presentan los niños desde los 10 meses de edad: quieren llevarle la contraria al adulto, hacen pataletas y desean ser el centro de atención en todos los lugares.

Según el siquiatra infantil Álvaro Franco Zuluaga, estos comportamientos los manifiestan haciendo pucheros, mala cara y con agresividad y, en extremo, patean y levantan la mano. “Esta etapa es normal, porque están demostrando que ya se dieron cuenta de que son distintos a los padres. Lo más importante en este caso es realizar un control de autoridad explicándole a los menores la razón”, señala Franco.

Estas conductas podrían afectar el desempeño funcional de la familia si no se toman las medidas necesarias. Para evitar los inconvenientes, los padres deben comprender que todas las personas pasamos por una etapa de crecimiento y desarrollo, en las cuales se resaltan varios factores que, aunque parezcan anormales, no lo son, pero que deben ser controlados por los adultos.
Es el caso de la etapa de “los terribles 2 años”, la cual se caracteriza por las conductas de patanería y groserías. El siquiatra infantil Christian Muñoz explica que a esta edad los niños están malacostumbrados a que el mundo gire en torno a ellos y, cuando los padres entran a ejercer control, los menores no quieren soltar los privilegios que tenían, por lo que acuden a ese tipo de comportamientos.

“Esta etapa puede presentarse desde el primer año de vida y dura, generalmente, hasta los 3. Después de esta edad se espera que esas conductas desaparezcan”.

Pero para que suceda es necesario que el infante esté apoyado y acompañado en el proceso de formación. Por ende, son importantes los parámetros de control y los límites que los padres adopten.

Sin celebraciones
Las groserías las incorpora un niño tan pronto se adquiere el lenguaje, sobre todo cuando ingresan al jardín. A los 3 años el niño las utiliza por imitación, es decir, las dice pero no sabe qué significan. Esta etapa, tan normal para ellos, se denomina anal, porque son dados a pronunciar palabras como popó, chichí o caca. La actuación de los padres debe ser tan discreta como suelen hacer sus hijos al pronunciar esas palabras: no se deben sorprender ni hacer escándalo, porque hace parte de su desarrollo.

A partir de los 4 y hasta los 6 años los niños pasan por otra etapa, que es conocida como descalificación. Dicen palabras como bobo y tonto, y los padres deben explicarles que no se deben decir, porque lastiman a la otra persona. El motivo por el cual no es conveniente reírse ni molestarse, es porque el niño se dará cuenta de que puede manipular al adulto con esas actitudes.

Pero antes de corregir, lo primordial es averiguar en qué lugar aprendieron el vocabulario. Cuando las dicen, inicialmente deben ignorar al menor, pero tienen que hablar en el jardín o en otro lugar que el niño visite, porque las groserías se aprenden, por lo general, en un fenómeno grupal.

“Los niños las aprenden porque las escuchan y las asocian con agresividad. Por ejemplo, cuando ven que el papá insulta a la mamá o viceversa, lo que hace el pequeño es que si se le presenta un problema en el colegio trate de resolverlo con la misma agresividad que vio en casa”, afirma el especialista Álvaro Franco.
Estas conductas se consideran anormales cuando son permanentes o cuando el menor las hace o las dice en un ámbito diferente a los normales. Por ejemplo: lo llevan a misa y grita, para que la gente se dé cuenta dé que él existe.

Cuando aprenden fuera de casa
Si las palabras groseras nunca se las ha escuchado a sus padres y las aprenden en el jardín o en la casa de un familiar, los progenitores no deben prohibirle que visite esos lugares. La solución es hablar con el pequeño y preguntarle donde aprendió esa palabra, para intervenir y mejorar el conflicto.
El problema no es que el niño diga groserías, pues vive una etapa en la que aprender malas palabras es usual. Sin embargo, el hecho de que lo haga puede indicar que el menor tiene la necesidad de llamar la atención, un niño que está triste o deprimido y que busque de alguna forma generar importancia, agresividad, que está siendo objeto de maltrato en el jardín o en otro lugar.
“Acá lo importante no es censurar, sino comprender cuál es la razón que origina este tipo de comportamiento y hacer un control inmediato para evitar posibles consecuencias”, indica el especialista Muñoz. Las groserías pueden ir acompañadas de conductas agresivas como pegar, empujar o escupir. Antes de que el niño llegue a estos extremos, los padres deben poner límites con autoridad y si se les sale de las manos, acudir a un especialista de confianza.

Los padres: ejemplo y modelo
Lo primero que deben saber los padres es que esas actitudes deben esperarlas y soportarlas. Segundo, contextualizarlas con la edad y el desarrollo sicológico del menor. “Saber que las conductas se van a presentar, ayuda a que los padres no se sobreactúen y no terminen cediendo en estos comportamientos de sus hijos”, señala el siquiatra infantil Christian Muñoz.
Para lograrlo se requiere de un trabajo en equipo entre los padres y que las conductas y los límites sean idénticos. Al no ser similares, los niños se percatan de esto y entran a manipular.

Es importante que en la crianza de los hijos solo intervengan los padres, porque cuando lo hacen los abuelos, el niño comienza a desobedecer las órdenes.

Cuando los niños estén a cargo de otra persona, mientras sus padres trabajan, deben dejar muy claro al tercero las rutinas y los límites que tienen con sus hijos, para que el niño siempre tenga un control idéntico en sus actuaciones cotidianas sin importar su acompañante.

Abc del bebe

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