14.9.11

Regañar a los hijos de otros?


Regañar a nuestros hijos nunca es agradable y a menudo pueden causar problemas la forma en que se hace, la intensidad de la reprimenda o la reacción del niño. Para bien o para mal existe un vínculo emocional que afecta irremediablemente a la relación. Sin embargo, si se trata de los hijos de otros, la cosa cambia. No existe ese nexo y corregir las conductas de los niños puede resultar más fácil. O quizás más difícil.

Cuando nos encontramos ante otros niños que no son los propios, ya sea en un cumpleaños, en el parque o en una reunión familiar, es normal que veamos comportamientos en ellos que nos gustan, otros que no tanto y otros que nos desagradan notablemente. ¿Qué hacemos en estos casos? Para el psicólogo infantil Juan Pedro Valencia “lo fundamental es diferenciar si se trata de una conducta que simplemente no nos gusta o de una actitud que puede suponer un peligro para el niño. También conviene distinguir entre si estamos en un lugar público o uno privado”.

1. En un lugar público: Un niño se hace el dueño del columpio sin dejar participar a ningún otro compañero, mientras sus padres no le prestan atención. La idea que debe guiarnos es, en primer lugar, la de buscar su cooperación, es decir hablarle al niño de forma adecuada y tranquila, sin gestos amenazantes, haciéndole ver que es mucho más divertido compartir y jugar juntos que estar solo y molestando a posibles compañeros de juegos. Ante esta respuesta puede ocurrir que el niño nos conteste inadecuadamente o bien se dirija a sus padres pidiendo ayuda, en cualquier caso si vemos que no colabora se puede intentar hablar en voz alta sabiendo que sus padres nos escucharán o bien dirigirse a ellos de la misma forma educada y correcta, haciéndoles ver lo que está ocurriendo. Según Juan Pedro Valencia, “es muy importante tener en cuenta que esta acción puede conllevar que los otros padres se enfaden con nosotros y no solamente no nos pida disculpas o se dirija a su hijo para que rectifique sino que, incluso, puede favorecer ese comportamiento defendiéndolo delante de nosotros o indicándonos que no nos metamos donde no nos llaman. En este caso no hay que sentirse mal por ello ya que no es nuestro hijo el que está comportándose inadecuadamente y eso significa que al menos no le estamos educando mal. Pero sí es conveniente, más tarde, hablar con nuestro hijo y explicarle lo que ha ocurrido y que esa forma de actuar de otros niños no es la más adecuada, haciéndole ver que cuando se juega con amigos compartiendo siempre se pasa mejor, mientras que los niños con esa actitud egoísta suelen estar solos. Esto es algo que le resultará fácil comprobar y por lo tanto le hará no sentirse mal”.

Caso aparte, precisa Valencia, es si el comportamiento de otros niños supone un peligro físico para el nuestro en cuyo caso hay que atajarlo de inmediato, bien separándolos si hay agresión o bien alejándole de la zona donde pueda residir el peligro, por ejemplo un columpio que el niño empuja indiscriminadamente sin tener en cuenta que hay otros menores delante. Es evidente que ante la duda, lo primero es la integridad física.

Otra situación puede ser que los padres no estén atentos y su hijo esté realizando un juego que pueda ser peligroso para él mismo. En este caso podemos dirigirnos a los padres en términos conciliadores indicando el problema y el posible peligro que puede estar enfrentando su hijo. “Lo idóneo-recomienda el psicólogo- es añadir información del tipo ‘ya ha ocurrido otras veces que otros niños, incluso más mayores se han golpeado en la cabeza al jugar de esa manera con ese columpio, y como no quiero que se haga daño le aviso por si no se había dado cuenta’”.

Hay que tener en cuenta que nuestra forma de entender la educación correcta no siempre es la misma que tienen otros y eso puede hacer que otros padres reaccionen de forma igual de incorrecta que sus hijos ya que a nadie nos gusta que nos digan cómo debemos tratar a nuestros niños, sin embargo en caso de peligro muchos padres optarán por agradecer el aviso. Sea como fuere, la mejor forma de hacerlo es siendo sutil y evitando el enfrentamiento directo.

2. La visita de amigos a casa: El niño se comporta de forma inadecuada, por ejemplo se sube por el sofá saltando, tirando todo, corriendo sin parar, molestando constantemente y haciéndose dueño de todo en lugar de compartir con el resto, etc. Si los padres están presentes pero no dan importancia a su conducta o ni siquiera le prestan atención podemos dirigirnos al niño primero haciéndole ver lo que no nos gusta de manera adecuada y distendida, ofreciéndole formas alternativas de jugar: “Carlos, para de correr que me vas a dejar sin muebles (no regañando sino con una sonrisa amable). Venga dile a David que te enseñe el nuevo juego que le han regalado, podéis jugar los dos, verás qué divertido es”. Si los padres no están presentes, conviene haber hablado con ellos previamente las normas de conducta y disciplina que podemos emplear, ya que, conocen perfectamente cómo es su hijo y esa información nos resultará de gran utilidad, al mismo tiempo que así les comunicamos de forma indirecta de que en nuestra casa hay normas y límites.

Algunas sugerencias de actuación en situaciones concretas

1. Estás en el parque y un niño intenta lanzar a un perro por el tobogán. Sus padres no parecen estar supervisándole. En lugar de gritarle puedes decirle de forma cariñosa: “¿Sabes una cosa? Si tiras al perro odría hacerse mucho daño y no creo que quieras que sufra ¿verdad?” Quédate cerca después de advertirle. A los niños de cierta edad no les gusta que los adultos ocupen “su espacio”, por lo que se sentirá intimidado y seguramente no continúe con su plan.

2. En casa de un amigo estás hablando de un tema de adultos y su hijo intenta interrumpiros. Tu amigo no le da importancia y simplemente le manda callar pero el niño permanece a vuestro lado. Que el niño interrumpa la charla de los adultos no es una cuestión que deba preocuparnos demasiado, pero si la conversación es inapropiada para el pequeño podrías decirle a tu interlocutor: “No creo que debamos hablar de esto ahora, luego continuamos”.

3. En el salón de tu casa tu hijo y su amigo están jugando a la pelota a pesar de que a tu hijo le has advertido repetidamente que no lo haga. Quizás pienses que si regañas a su amigo, no querrá volver nunca más a tu casa y tu hijo saldrá perjudicado. Sin embargo no decir nada y dejarlo pasar puede provocar que tu hijo reciba un mensaje equivocado: sabe que no puede hacer ciertas cosas, pero si está con un amigo puede salir impune. Diles a ambos que no les permites jugar a la pelota dentro de casa y ofréceles una alternativa: “Aquí se pueden romper las cosas de un balonazo, ¿por qué no jugáis fuera? o ¿por qué no jugáis con el tren?”.

4. Estás en una fiesta infantil organizada por tus vecinos y te das cuenta de que su hijo de 7 años está enseñando a tu hijo algunos tacos y palabras malsonantes. No te extraña porque ya sabías que su padre no sólo no le llama la atención a su hijo sino que para colmo le ríe la gracia. En estos casos puedes decirles a los niños: “Lo siento pero nosotros no utilizamos ese tipo de palabras en casa”.

5. En un parque de juegos varios niños están abusando de uno menor que ellos. Sus padres no les están prestando atención, pero no puedes pasar por alto esta situación ya que alguno seguramente va a resultar herido. En este caso puedes, educadamente, acercarte a los niños y decirles que se porten bien con el otro y le ayuden por ser menor. Si no se calman y sus padres no hacen nada, puedes hablar con el encargado del parque y hacerle saber lo que ocurre.

Lo fundamental es tener claro lo que estamos dispuestos a aceptar y lo que no. No todos los padres son responsables de la misma manera, ya sea por exceso o por defecto. “En ocasiones, concluye Juan Pedro Valencia, otros pueden permitir ciertas actitudes, lo que no significa que nosotros debamos hacerlas o admitirlas complacientemente por vergüenza o timidez: es mejor actuar amable pero firmemente haciendo ver nuestra forma de pensar. Y por encima de todo está la seguridad y la integridad del menor. Aunque conviene que vayan aprendiendo a manejarse por sí mismos, la edad, el lugar o el posible peligro de las conductas de otros niños determinarán la decisión de adoptar una intervención rápida y eficaz”.

Juan Pedro Valencia

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